Dobles parejas sin descartes

Nilo Casares
Comisario
Valencia, 2013
 
Sustratos, IVAM

[...]

Pero vengamos más cerca de la mano de Juan Carlos Rosa Casasola que es natural de Benidorm, algo así como no ser de ninguna parte (tengo un amigo nacido en Las Vegas y lo que este cuenta de allá es lo que aquel cuenta de aquí); resulta envidiable ser de un sitio cuya distinción es no tenerla, quizá por ello su obra sea tan desprejuiciada y al loro de la realidad actual, porque Lo importante es con quién compartes el plato, no de qué está lleno, XXV pertenece a una serie que revisa la caterva de cachivaches, otra vez, con que nos estamos socializando, pero desde técnicas tradicionales de registro, algo nada baladí ya que desde la representación bidimensional podemos para con mayor profundidad a ver qué supone cada uno de los iconos (y no solo los iconitos que representan utilidades de cacharros, sino también los tópicos en boga en cada momento) que te van lanzando esos dispositivos con que estás en comunidad (ya sabéis, las Redes Sociales o 2.0); porque de qué te vale saber que ahora esto mal, aquello peor, y lo otro fenomenal, si a la gente con quien estás consumiendo los tópicos e iconos no la conoces más que de una forma superficial, es decir, bidimensional, que es el freno pictórico con que el autor para tanta trepidación. [...]

Cualquier Carrillada es todas las carrilladas

Manuel Garrido Barberá
Crítico de Arte
Valencia 2012
Lo importante es con quién compartes el plato, no de qué está lleno, Valencia

Decía Julio Cortázar que cuando a uno le regalan un reloj le regalan
también la obligación de atarlo a su muñeca y pasearlo consigo, la
necesidad de darle cuerda, de compararlo con los otros relojes... y que
uno se convierte en el regalado; en el regalo para el cumpleaños del
reloj 1. No resulta exagerado pensar en una analogía más actual con
respecto a los teléfonos móviles: cuando un smartphone cae en nuestras
manos, recibimos también la necesidad de consultarlo a todas horas, de
cargar su batería, de descargar las últimas aplicaciones. Además, con la
incorporación de las cámaras de fotografía y vídeo y el acceso inmediato
a Internet, nos convertimos súbitamente en creadores de un contenido
visual y audiovisual que alimentará a las siempre hambrientas redes
sociales. Adquiriendo un smartphone, uno deviene en fotógrafo,
discjockey, videasta, periodista y exhibidor de la propia cotidianidad.
Nos convertimos en el regalo para el teléfono y nuestra intimidad en un
asunto de dominio público.


Últimamente, en el contexto de la Web 2.0, resulta especialmente
llamativo el caso de la captura y compartición instantánea de las más
variopintas delicias gastronómicas; un fenómeno que el artista alicantino
Juan Carlos Rosa Casasola (Benidorm, 1988) toma como motivo central
de su exposición Lo importante es con quién compartes el plato, no de
qué está lleno. Para comprender la elección de este aforismo bastará
con echar un vistazo un domingo cualquiera a nuestros perfiles en redes
sociales y comprobar la apabullante cantidad de imágenes de paellas,
barbacoas, postres, cócteles y demás viandas que los usuarios deciden
compartir. Usted podrá ver en mi perfil de Facebook la carrillada de ternera
que cocina mi madre aunque no hallará en la fotografía rastro alguno de la cocinera ni de los otros comensales.


Al compartir la imagen de la carrillada estoy comunicando no sólo que
me dispongo a disfrutar de lo lindo sino que además busco la comunión

de esa experiencia con las experiencias de los otros, que usted se sienta

identificado conmigo: siempre que mi madre cocine una carrillada resultará
un momento gozoso, como usted goza con la de su madre o como usted
añora la de la suya. Cualquier carrillada es todas las carrilladas.


Sin embargo hemos obviado de la fotografía a las personas con quienes
compartimos esos momentos de placer. Juan Carlos Rosa Casasola nos
lo recuerda a través de una serie de pinturas en las que analiza -desde
un punto de vista irónico y desprovisto de todo optimismo- un cambio de
paradigma en las interacciones personales y sociales ligado al triunfo de
la banalidad. Dicho de otra manera, nos muestra cómo la espectacularización
de la intimidad parece habernos hecho olvidar lo importante: la vivencia real y apasionada de cada momento, el atesoramiento de los propios recuerdos y la importancia de las personas con quiénes los vivimos.
 

Del mismo modo en que la memoria es imperfecta -elimina la información
secundaria y recuerda fundamentalmente la esencia de lo vivido el autor huye pretendidamente de la representación fidedigna. En sus
obras despersonaliza la escena y la imbuye de una atmósfera onírica en
la que sus personajes, velados por efecto de la memoria, resultan casi
fantasmales, con sus facciones desdibujadas, a menudo fragmentadas e
inconexas, dando lugar a una idea abstracta de personas que podrían ser
cualquier persona, que podrían recordarnos a cualquiera.


Pero con la bofetada que supone el hecho de vernos reflejados en un
espejo incómodo, se nos brinda la posibilidad de reflexionar acerca de
cómo gestionamos nuestras vivencias, recuerdos y prioridades: acudiendo
a ver la exposición, el espectador se verá envuelto en un curioso ritual
en el que disfrutará del momento en compañía de otros humanos en
lugar de contemplar las imágenes en solitario a través de una pantalla.
Con un poco de suerte -si mantiene su teléfono en el bolsillo- atesorará
el recuerdo de las personas con quienes compartió esa experiencia.
Se convertirá, analógica, real y apasionadamente, en actor de su propia
vida.


1 Cortázar, J. (2012) “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj” en Historias de cronopios y de famas, Alfaguara, Madrid, España

Comed, comed, malditos

Javier Velasco
Artista
Valencia, 2012
Lo importante es con quién compartes el plato, no de qué está lleno, Valencia

Pudiera parecer de entrada un ejercicio snob el que la comida se colara
en las Bellas Artes, pero si hacemos un pequeño repaso a la representación
del hecho de comer y los significados que a este acto cotidiano se suman, veremos que la dimensión de la comida como simple “alimento del cuerpo” también trasciende al “alimento del alma”.


Solo algunos ejemplos al azar nos situarán en su justa medida y valoración:
En lo contemporáneo tenemos al gran Miralda, que ha hecho de su arte
un gran banquete. También tenemos a Ferran Adrià que incluso llegó
a representar a España en la Documenta de Kassel con sus platos
reconstruidos y coloreados. Rirkrit Tiravanija que con su forma de hacer
arte ha roto todos los esquemas de obra al uso al convertir sus piezas
en grandes performances donde ya no existe siquiera la obra, pues ésta
desaparece con su consumo y de paso la crítica al exceso queda patente.
Yo mismo en algunas de mis obras he creado piezas donde la ausencia
del alimento en los platos y cubiertos hacía referencia a una inmigración
desgraciada y hambrienta.
 

Mejor no nos extendamos demasiado en los contemporáneos y repasemos un
poco el pasado, del cual todos hemos aprendido. “El banquete nupcial”
de Pieter Brueghel el Viejo. Representa un banquete de bodas donde
todos disfrutan de la comida, pero también se hace solemne el momento
inmortalizado. Socialmente no solo es un banquete lo representado, sino
la felicidad compartida de todos los asistentes sin diferencias sociales, ya
que el lugar elegido es un granero. Sin embargo Alonso Sánchez Coello
en su pintura “El banquete de los monarcas” no hace sino lo contrario
al representar únicamente la más alta sociedad y su lujo en vestuarios
y enseres. Los temas religiosos se deslizan con suavidad a lo largo de
la historia con una excusa perfecta como es el acto de comer: “Las
bodas de Canaan” de Veronese, “La última cena” de Leonardo, “La cena
de Emaus” de Pedro Orrente Jumilla, “La multiplicación de los panes y
los peces” de Tintoretto….y así hasta casi recorrer todos los momentos
místicos, incluidos el de la Eucaristía, tantas veces interpretado, que
convertía el pan y el vino mediante un milagro aleccionador y fervoroso.
Pero no siempre ha sido la religión el vehículo perfecto para los artistas
plásticos. Sánchez Cotán a través de sus bodegones nos dejaba patente
lo efímero de la vida en esas vanitas preciosistas que no resistirían el

paso del tiempo si no fuese por su impronta en el lienzo. Las representaciones frutales del Barroco y posterior Rococó inundaron tapices, esculturas e incluso

los estampados de los vestidos.
 

También el erotismo se dejó plasmar en las incontables bacanales romanas
que aún quedan como vestigios orgiásticos de tiempos pasados en pinturas murales y mosaicos. La delicadeza y sensualidad de los rostros de los personajes de Vermeer como su famosa “Lechera”, donde la anécdota da
paso a los fenómenos indescriptibles de la luz, los reflejos y la atención
a un momento fugaz.
 

Imposible olvidar la “Vieja friendo huevos” de Velázquez, donde el
tenebrismo a lo Caravaggio es doblegado por el color y la riqueza de matices que van desde las telas a los gestos de los presentes en la obra. Inagotable sería seguir haciendo un recuento por la historia del arte, pues desde el apartado puramente representativo hasta el análisis más estricto de la representación, los artistas tratan de desvelar a través del acto mismo de la comida y lo que implica el acto social de compartirla, una realidad que nos hace iguales y universales.
 

Todos podemos entender lo que implica reunirse para comer, ya sea en familia o en sociedad o en un acto puramente protocolario. Quizás lo realmente interesante de este fenómeno plástico radique en cómo cada uno de los artistas representa esta realidad y cómo el paso del tiempo modifica las costumbres, los hábitos y las estéticas. A mi parecer
el alimento, la comida, los banquetes y celebraciones conllevan también
un punto amargo, al no poder desligar de los elementos básicos de la comida el hecho de que todo es perecedero, todo desaparecerá y detrás de la belleza estética, del placer del gusto que envuelve cada alimento se esconde la podredumbre y la muerte, indisoluble por otra parte a la condición humana.
 

Será por esto por lo que a Juan Carlos Casasola le seduce principalmente
la idea de evento que hace socializar al grupo más que lo que realmente
se consume. Indiscutible que la compañía suele ser más nutritiva que lo
propiamente alimenticio, pero en sus cuadros también se dejan paladear
la alegría del encuentro y la melancolía de la despedida, la tristeza de la
soledad ante un plato insolente que nos mira, el grupo que nos aglutina
como una masa informe ante una celebración que posiblemente sea una
excusa… mil formas, mil interpretaciones como miles de digestiones pueden tener las obras de este artista que pareciera que con sus cuadros de esta serie nos conminara a no pasar nunca hambre. Ojalá se trate de un buen augurio.
 

Buen provecho.

 
 
 
 
Organigrama de almacenaje

Marisol Salanova
Crítico de Arte
Valencia, 2014
Horror Vacui, Fundación Frax

Acumular compulsivamente objetos es resultado del consumismo en una sociedad de juventud nómada que estudia y trabaja en distintos lugares teniendo que liar sus bártulos con frecuencia. El amontonamiento de pertenencias se convierte en un lastre y la selección de objetos que nos acompañará en nuestro viaje no es fácil. Lo único que claramente siempre hemos de escoger es ropa, ligera, útil e imprescindible. Ante el transporte apresurado y precario dejamos atrás prendas que regalamos o incluso abandonamos en aeropuertos donde el límite de peso obliga al vaciado imprevisto de una maleta que después volverá a ser inspeccionada y precintada con fino papel de plástico. Se trata de una cáscara que envuelve nuestros recuerdos, la ropa arrugada y revuelta que, una vez reubicada, doblaremos y ordenaremos mecánicamente, sin pensar demasiado pero con toda una carga conceptual detrás, provocando una alineación de gamas cromáticas y sugerentes texturas que el artista Juan Carlos Rosa Casasola traslada al ámbito expositivo. El bucle de mudanzas en el que él mismo se ha visto sumido le lleva a reflexionar sobre el almacenaje, la transitoriedad y el reciclaje, subyaciendo la idea de dar una nueva vida a un objeto con el que ya hemos tenido nuestra historia, dejarlo ir y quizás formar parte del paisaje vital de otra persona. Como cuando un libro viaja a manos de un nuevo lector, la ropa aquí simboliza el flujo de un ciclo y un cambio de paradigma hacia consumir menos y compartir más, dotando de un valor trascendental al objeto sin dejar de lado el componente estético. Con un atractivo despliegue de colores en cuidada armonía, el artista plantea su propio organigrama de almacenaje a partir de prendas suyas, prestadas, donadas, de segunda mano, de personas con diversas profesiones, edades, orígenes y estilos. El impacto visual de su obra interviniendo el hall de La Fundación Frax con dibujos, fotografías y esculturas insta a revisar la noción aristotélica de que la naturaleza aborrezca el vacío. 

 
 
Emergencias

José Luis Clemente
Crítico de Arte
 
Comisario de la muestra PAM!PAM!, Centro del Carmen, Valencia 2015

[...]

Juan Carlos Rosa Casasola despliega su equipaje, hecho a medida de la sala central, para revestirla precariamente. Sus baldas de ropa, ordenadas por gamas cromáticas, siguen alineamientos diversos que aquí se pliegan en la arquitectura por las paredes y el suelo para ponerla en evidencia, sin un aparente concierto. Dialogando con la impresionante arquitectura de la Sala Ferreres, el artista plantea una serie de secuencias con las que señala desequilibrios y formas inestables. A medio camino entre el postminimalismo y el Arte Póvera, sus piezas teatralizan el espacio para que el público tome conciencia de su posición, siendo éstas señaladores de lo circundante. Como en el minimalismo, que Juan Carlos Rosa pervierte, la obra no nos es dada ni se encuentra a priori sino que la obra, el arte, ocurre, irrumpe. Es por eso que frente a la forma, la regularidad, el orden y el control propios de lo apolíneo como principios que aluden al minimalismo, este artista arrolla con lo dionisiaco, parafraseando a Julián León y su lectura de Nietzsche (en La teatralidad minimalista y irrupción de lo dionisiaco). Y ahí es donde surge la tragedia, una vez se ubica la obra, el arte; no en el objeto sino en la experiencia a la que dicho objeto incita al espectador, fuera de lugar. Sin embargo, Juan Carlos Rosa no llega a lo preedípico. Aun dentro de configuraciones abstractas, pone énfasis en el aquí y ahora, llevando a los espectadores a una posición desubicada. Así es como trastorna la autonomía de un arte que habla de precariedad. La serialidad, la repetición, la geometría, el orden, la síntesis y el reduccionismo son adulterados y, entonces, se percibe inestabilidad, desequilibrio y desconcierto.

 

En el proyecto Horror Vacui (2014-15), en sus múltiples adaptaciones, en sus mutaciones constantes, en elementales figuras geométricas tales como círculos y líneas rectas, Juan Carlos Rosa dispersa y, a la vez, constriñe modos de vida. La ropa como material básico de trabajo se arruga y comprime para desestabilizar una columna o poner en evidencia una metopa, porque su origen incierto trasciende la arquitectura que la soporta para revestirla de imperfecciones y precariedad. Desde esa óptica, se precipita lo humano. “El bucle de mudanzas en el que Juan Carlos Rosa se ha visto sumido –señala Marisol Salanova- le lleva a reflexionar sobre el almacenaje, la transitoriedad y el reciclaje, subyaciendo la idea de dar una nueva vida a un objeto con el que ya hemos tenido nuestra historia, dejarlo ir y quizás formar parte del paisaje vital de otra persona”. Así lo puso de manifiesto el artista en el performance Bestseller Writtenonthewall (2015), cuando, fiel a su condición de nómada (figura metafórica del artista), abrió maletas el día de la inauguración de la exposición y fue colgando su ropa en la pared en torno a un círculo, siguiendo las agujas del reloj. Allí dejó su ropa como en un escaparate. Se trata del inicio de un proyecto basado en la creación de elementos con formas geométricas y del alfabeto (V,O,T,H,A,I,L,X,Z entre otras); un alfabeto ininteligible que evidencia los cambios de uso y consumo de un bien que pasa de mano en mano y que habla, más allá del alfabeto en construcción, del exceso, de la ética y la estética de lo sobrante.

 

El exceso es un concepto al que Juan Carlos Rosa le da vueltas en un bucle infinito, pero que recorre también líneas rectas que se quiebran inesperadamente, aun cuando se adivine una continuidad, porque esos alineamientos están conformados por dobleces y curvaturas también infinitas. Otras veces decide compactar el exceso en construcciones inestables como #BestSeller #Bagage (2014), consistente en un apilamiento de maletas o en los caóticos amontonamientos de Artist of the Rugs (2015). En este último trabajo, el exceso campa a sus anchas como una base acumulativa en crecimiento. Se trata de un vídeo en el que el artista se transmuta en dos tiempos, el antes y el después. En foto fija, delante de un amontonamiento de ropa en un salón convencional, aparece el artista de espaldas adoptando la pose de una escultura griega. Este trabajo que cita muy de cerca Venere degli stracci (1967-1974) del artista povera Michelangelo Pistoletto, no habla del pasado cultural de Italia. No hay estatua. Está el propio artista delante del desecho, unas veces vestido elegantemente, otras desnudo. Lejos de la historia, aunque mirándola de reojo, Juan Carlos Rosa centra la visión en lo contemporáneo, lo cultural y lo cotidiano. Lo barato, lo usado y el desecho cobran vida cuando se relacionan con el mundo, frente a lo no formado, lo duro, lo monocromo y monocorde.

 

En su pobreza, los trapos demuestran una voluntad de implementar cualquiera y todos los aspectos de la vida en el arte (Christov-Bakargiev, 1999). El exceso, la provisionalidad, lo inestable, la pobreza y lo precario son reordenados por Juan Carlos Rosa en estratos diversos tan atractivos en la forma como repulsivos en lo que contienen y significan, porque a menudo hablan de aquello que no se quiere ver, aquello que queda oculto entre los pliegues, en la blandura de un orden impuesto y en la imperfección última de lo que se usa por separado, sin concierto.

[...]

Los secretos que
revelan las plantas

César Novella Alba
Comisario, crítico de Arte
Valencia, 2017

Se sentó como cada día a mirar el espejo. Tanto tiempo lo había mirado que ya ni siquiera veía un rostro —el de ella— que se había hecho consustancial al espejo. Miraba sus propios ojos, pero tan sólo para intentar colocarlos en el mismo lugar en el que él pudo haber tenido los suyos, intentando hacerlos coincidir con lo que podría haber sido su última mirada. Si algo quedaba de él, sus ojos seguramente lo notarían.

 

Pero, como siempre, sus ojos no notaron nada. Sin embargo, ese día, al intentar ladear la mirada, sintió de repente un escalofrío que le subió por la nuca hasta el cuero cabelludo, y su cuerpo se erizó por completo.

 

¿Qué estaba sucediendo?

 

Nada.

 

Eso era precisamente lo que ocurría, que en el espejo no había nada. Absolutamente nada. Ocurría que ésa era la respuesta que tanto tiempo había buscado: lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte, dijo para sus adentros. Nada. De él no queda ya nada allí, tan sólo su ausencia, una gran nada, inmensa, inabarcable.

 

 

Lo que queda en el espejo cuando

dejas de mirarte, M.A. Hernández-Navarro

La moda prescribe el ritual a través del cual el fetiche de la mercancía quiere ser adorado. Walter Benjamin concluía que no había habido un tiempo más revelador que el perteneciente al tan suscrito Siglo de las Luces, principalmente a mediados del siglo XVIII, y por resultado, un final tan ofuscante que el que tan reveladoramente vivió. En la carpeta donde acopia los materiales sobre 'tipos de iluminación' (el Konvolut T), el filósofo insinúa que no cualquier Edad de las Luces es tan progresiva como el Iluminismo ilustrado del siglo XVIII. La iluminación comercial, y, en general, todo el dispositivo propagandístico de las mercancías de consumo, trata de situarnos -regresivamente- en una escena de cuento de hadas. Benjamin cita para apoyar su tesis a un oscuro escritor francés, Jacques Fabien, que en 1836 ya expuso la idea de que 'la electricidad, a través de una sobreabundancia de luz, produce múltiples cegueras, y tras un lapso de bombardeo de información produce locura'. Es en efecto al final del mismo siglo XIX, en la plenitud de la modernidad industrial, cuando Charles Baudelaire emplearía así mismo por primera vez el término moda. Pues la moda ocupa el centro, la hipermoda si seguimos a Lyotard, de nuestro ofuscado y revelador tiempo. Ofuscar, encandilar. ¿No es ése el signo de nuestro tiempo?

 

En los últimos años, cada vez son más los estudios que reflexionan sobre modelos de visión alternativos. Investigando en nuestro tiempo se encuentra Juan Carlos Rosa Casasola, investigando en la moda, en la hipermoda y en la transestética. Combinando varias técnicas de producción artística como el video, la performance, la pintura y la escultura. Consiguiendo alcanzar en poco tiempo de carrera artística coherencia y solidez. No se puede no creer en su propuesta, arriesgada y poco compensatoria. Una propuesta que juega al engaño, al trampantojo, con renovado acierto. Centrémonos en sus pinturas. Hay un término de Derrida que vendría a instituir con habilidad y seducción el proceso de trabajo y la metodología de Rosa Casasola: lo visible-invisible. Como en la recurrente leyenda de Zeuxis y Parrasio en la cual hay un desvelamiento por la ceguera a través de la pintura, su pintura (y su postfotografía) se coloca en la avanzada nueva generación de artistas españoles que se sirven de los estudios visuales y culturales para ejercer una seducción de la mirada justamente sirviéndose de su imposibilidad. Dentro de los marcos de este el tercer umbral de la era pixel los actos casi aparentemente incoherentes parecen no tener relación, como las plantas que reales o no, sirven de nudo dentro de un proceso de producción deslocalizado en el que la mercancía viene a ser en el mismo proceso. La presencia de las plantas es horripilante, intempestiva…y tranquilizadora. La presencia de las plantas y de la ropa vendrían a hablar aquí de asuntos mayores, a la condición de posibilidad de un archivo de la visualidad, pero también de su imposibilidad, de su punto ciego. De su ausencia. De las sombras de la historia. De lo escotómico inherente a ese archivo del simulacro. Etimológicamente, del latín, velatio significaría el acto de retirar el velo de una monja, y revelatio la revelación de un secreto. ¿Qué secretos nos intenta descubrir Juan Carlos?...

 
Cohabitar realidades con nuestra patria a cuestas

Andrea Brotons
Comisaria
 
"De ida y vuelta", Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, Alicante, 2017

En un momento en el que acontecimientos como la crisis migratoria por la guerra en Siria o el famoso discurso discriminatorio de Donald Trump ponen en boga la creación de barreras por cuestiones de género, raza o discrepancia política. En la UE, bien por cuestiones de estudios, trabajo, turismo, por visitar a un familiar o amigo, o sencillamente por conocer mundo, el viaje se ha convertido en un ejercicio tan factible que cualquiera de sus afortunados ciudadanos podría empatizar con Willy Fog y recorrer el mundo entero por una simple apuesta. Moverse de un lado a otro, hacia trocitos geográficos contenedores de historias, para algunos ya no es inverosímil. Otros sin embargo esquivan las fronteras persistentes de la era global como si de un crustáceo ermitaño se tratara.

Acostumbramos a ser nómadas cargando con nuestra patria a cuestas amparados por lo indispensable, lo cual en nuestro tiempo se resume a maleta y móvil. Tanto el uno como el otro han dejado de estar únicamente reservados a momentos puntuales, viajes inesperados o llamadas de emergencia, para formar parte activa de nuestro modo de construir en comunidad. Justificados por una sociedad tecnológicamente estructurada 1, dichos bártulos adquieren la función de cofre del tesoro. Objetos preciados que salvaguardan  experiencias que, de forma retroactiva, definen, dirigen o diferencian de la multitud. Un caparazón que configura parte de una identidad que intima con su propio ser y su autobúsqueda.  Salvaguardando ideas, valores y prejuicios, brincamos de tendencia en tendencia entre la vida social y la personal aceptando que los medios de comunicación establezcan entretanto las formas de proceder con los otros.

"Ventana, tú que separas y atraes" escribía el poeta Rainer Maria Rilke. Como el espejismo al que llamamos pantalla que se dedica a deglutir nuestra atención mientras hipnóticamente nos sumerge en un estado de placentera suspensión. Un foco ensimismado al que una sociedad confusa mira embobada en lo que fluctúa con el trasiego frenético del capitalismo consumista. A un clic de recibir un inmediato efecto placebo por parte de las multinacionales en boga, la responsabilidad colectiva es cuestionada en lo que refiere al valor que merece a sus relaciones sociales 2.

Debe ser, que, contagiados por el abaratamiento de la industria fast-fashion, generalmente se crean vínculos "de usar y tirar". Tristemente se sigue colaborando de manera acelerada en la capitalista moda del desecho, donde pondera el producto independientemente de su calidad 3, siendo incluso más fácil obtener su mercancía, que deshacerse de ella. La interacción humana queda resumida a un “me gusta" frente a la sobre-información mass-media y la necesidad latente de autodefinirse, al mismo tiempo que somos expuestos intentamos mantener una intimidad hermética.

Esta exposición exhibe a Juan Carlos Rosa Casasola en sus múltiples facetas como artista y cohabitante. Desde una humildad cercana y carente de status, frena el correr del momento. Acoge ese desconcierto centrífugo y lo clasifica para crear un relato visual cargado de encanto. Guiando nuestra mirada a las nubes con cúmulos de ropa plegada con mimo, transforma muros en majestuosos pilares. Para devolvernos los pies al suelo como testimonio de vidas pasadas, de supervivencia.

De ida y vuelta, - back and forth -, de aquí para allá, genera una nueva dimensión inclusiva que, desde el afecto que une la trayectoria personal del artista con el espectador implicado, crea un feedback entre lo conocido y lo novedoso. Un éxtasis que brota de los rincones más remotos como la naturaleza misma, desdibujando la línea divisoria entre realidad y ficción, entre lo privado y lo público, exterior e interior, el antes y el después, sujeto y objeto 4. Una invitación a la intervención contributiva del imaginario colectivo a idealizar otros mundos. Una escena en la que la personalidad del yo real y la del yo avatar puedan bailar desatados sin importar el omnipresente enfoque de la cámaras. O ¿será verdad que la libertad no se puede experimentar en el mismo lugar donde uno ha sido esclavo?5

 

1 BAUMAN, Z. Ética posmoderna, Madrid, Siglo XXI de España Editores, S.A., 2009. Definición que el filósofo utiliza para referirse a la mecanización conductual de una sociedad moderna industrializada, p, 227.

BAUMAN, Z. Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Madrid, España: Fondo de cultura económica, 2005.

3 CLINE, E. Moda desechable: El escandaloso costo de la ropa barata, México, D.F, Paidos, 2014.

4 GILI, M. Las lágrimas de las cosas, 2014.

5 Imre Kertesz (Budapest, 1929). Superviviente de los campos de concentración y Premio Nobel de Literatura en 2002.